Home

 

LORELEY y LA WALLY, de Alfredo Catalani

Dedicamos el cuarto Tema de este Curso a las óperas Loreley y La Wally de Alfredo Catalani, las dos últimas que compuso este autor de vida corta (murió a los 39 años) y que, siendo un compositor de grandes dotes musicales, sin embargo nunca consiguió el éxito que él creía merecer.

Catalani era natural de Lucca, como Luigi Bocherini y Giacomo Puccini, y de familia de tradición musical, también como Puccini, aunque no de tanto abolengo (musical). Estudió con Fortunato Magi, el tío de Puccini (el hermano de su madre), que lo consideró un superdotado y lo envío a seguir estudios en París, donde estuvo menos de un año, para volver a Milán, donde terminó sus estudios y entró en sociedad, en el salón de la Condesa Mafei y en los cenáculos de los Scapigliati.

Los Scapigliati era los jóvenes intelectuales y artistas, principalmente pintores y músicos, que estaban en boga en Milán en los primeros 70’s del siglo XIX, capitaneados por Arrigo Boito, caracterizados, entre otras cosas, además de por su pelo despeinado, por una visión más amplia (Boito, hijo de una condesa polaca, había viajado por Europa) e interesados por lo que pasaba en Francia y Alemania y, en particular, por la figura de Wagner.

Catalani le cayó muy bien a Boito, que, de hecho, le escribió el libretto de su primera ópera, La falce (La hoz), que fue su trabajo de graduación en el Conservatorio milanés. Fue una ópera, con solo dos personajes, que causó sensación en Milán. De ahí vendrá el contrato con Giovannina Sforza-Lucca, la viuda de Lucca y la dueña de Casa Lucca, la única editora que le hacía la competencia a Ricordi, el verdadero Señor de la Ópera Italiana en esos años.

Giovannina Lucca tuvo una relación casi materno-filial con Catalani, que era un hombre interesante, educado y con encanto. Y que, además, estaba enfermo de tuberculosis. En 1875, con 25 años, Catalani era el joven músico con mas talento y, desde luego, tenía voz propia y no se limitaba a seguir a Verdi, la gloria nacional y el depositario de los valores de la ópera italiana de siempre.

Después de otras tres óperas, Elda, Dejanice y Edmea, Catalani compone Loreley, a base de reestructurar Elda, acercándola más a su origen, el poema Die Loreley (1824) de Heinrich Heine. La tiene terminada en 1887, pero entonces Giulio Ricordi adquiere la Casa Lucca y decide posponer el estreno del protegido de Donna Giovannina, para que estrene en La Scala, el otro músico luqués, Giacomo Puccini, su apuesta personal, que estrena efectivamente Edgar en 1889.

Por fin Ricordi dará su placet y Catalani estrenará Loreley, mientras Catalani ya está componiendo La Wally, porque presiente que la vida se le acaba y cree que tiene mucho que decir en el mundo de la ópera. La Wally será su última obra y su obra maestra. La estrenará, con éxito, en La Scala, el 20 de enero de 1892. Por fin Ricordi le reconocerá sus valores, al decir que esta ópera es “rápida, interesante, vigorosa y llena de juventud“.

La obra llegó después a Hamburgo, donde fue dirigida por Gustav Mahler, quien consideró que era la mejor ópera italiana que había dirigido. Para 1894 se había planeado un cuasi-estreno para el Regio de Turin, porque el compositor había introducido modificaciones en el final. Pero no llegará a conocer el resultado, porque su vida acabará en agosto de 1893.

Síntesis de la Clase

En uno de los ENLACES de este Post se puede encontrar el PDF de la Presentación utilizada en la Clase on line. Como siempre, está estructurada en diversos apartados que van cubriendo los distintos aspectos de la ópera en cuestión, como son los relativos al autor de la música y el libreto, los personajes principales, sinopsis argumental, momentos musicales destacables, grandes intérpretes y valoración de la obra.

También hemos dedicado un apartado, como siempre, al Contexto histórico, y, en este caso, a “Catalani entre el Verismo y la influencia wagneriana“. En ese apartado hacemos referencia, además, a la figura de Arturo Toscanini, gran amigo de Alfredo Catalani, y junto a Giuseppe Depanis, una de las pocas personas de las que el desmoralizado Catalani se fiaba.

Arturo Toscanini debutó como director de orquesta en Turín, a los 19 años, en el estreno de Edmea, la cuarta ópera de Catalani, estrenada en el Teatro Regio di Torino. Lo había elegido Donna Giovannina, sorprendida por el amplio conocimiento del repertorio wagneriano que demostraba el joven músico. De esta forma se inició una estrecha y solida amistad que se prolongaría hasta la muerte de Catalani.

Catalani y Toscanini se admiraban mutuamente: Catalani descubrió en Toscanini un genial director, cuando su consagración aún estaba lejos y éste impidió que la obra de su buen amigo fuese olvidada, tal y como parecía ser su destino, debido a la incomprensión de sus contemporáneos.

Ambos músicos se visitaron asiduamente, hasta establecerse un vínculo prácticamente familiar, convirtiéndose en un hábito que se consultasen y criticaran los resultados de sus respectivos trabajos. A Toscanini le gustaban sinceramente las óperas de su amigo. En su recuerdo, el primogénito de Arturo Toscanini se llamó Walter y una de sus hijas, Wally.

Información adicional

A continuación se incluyen algunas informaciones y comentarios adicionales a lo explicado en la Clase correspondiente al Tema 4.

Las aficiones “wagnerianas” de un joven compositor en la Italia de Verdi y Ricordi

La Scapigliatura fue un movimiento artístico y literario desarrollado en la Italia septentrional, que tuvo su epicentro en Milán y que se expandió en toda la península italiana en las décadas de los 60’s, 70’s y 80’s del siglo XIX. Estaban animados por un espíritu de rebeldía contra la cultura tradicional y el buen sentido burgués. Se lanzaron tanto contra el romanticismo italiano, al que juzgaban lánguido y frívolo, como contra el provincialismo de la cultura del Resorgimento.

En los scapigliati se forma una especie de conciencia dualística, que subraya el fuerte contraste entre el “ideal” que se querría alcanzar y la “verdad”, la cruda realidad, descrita en modo objetivo y científico.

Arrigo y Camillo Boito fueron epígonos del movimiento, y a ese grupo se acercará el joven Catalani, a su llegada a Milán en 1873. Arrigo era 12 años mayor que Alfredo Catalani y cuando se conocen, Arrigo Boito ya había estrenado su ópera Mefistofele (1868), cuyo estreno en La Scala provocó desordenes y peleas por su supuesto wagnerianismo, de manera que la policía interrumpió las funciones después de la 2ª representación.

Aunque Boito, en los años 80’s, llegará a ser un buen amigo de Verdi y colaborará eficazmente con él, en los libretos de la revisión de Simon Bocanegra (1881) y las últimas óperas verdianas, Otello (1883) y Falstaff (1893), inicialmente se enfrentaron, o mejor dicho Boito comenzó refiriéndose a Verdi en términos despectivos, en los momentos máximos de la scapigliatura, porque Verdi era el máximo representante de lo que los scapigliatti querían derribar.

Al término de sus estudios en el Conservatorio de Milán, Catalani compone una ópera, La falce, como trabajo de graduación, nada menos que con libretto de Arrigo Boito, en testimonio de lo mucho que lo aprecia. Franco Faccio, el gran director de orquesta, también scapigliato en su momento, alaba La falce y Giovannina Lucca compra la partitura y le encarga a Catalani una nueva ópera, a la que seguirán 5 más. No cabe duda de a qué bando se había apuntado el joven Catalani.

El gusto por la música de Wagner acompañará toda su vida de músico a Catalani, desde su estancia en Paris hasta su muerte. Y la influencia se nota en toda su producción, en algunos casos, como en Loreley, que es una ópera cortada con el patrón de Tannhäuser y Lohengrin, y en otros, como La Wally, en que se aproxima algo más al Verismo.

Es evidente que Catalani no le podía caer bien a Giulio Ricordi, porque era claramente admirador de Wagner y además, y mucho peor, porque era el protegido de Donna Giovannina Lucca, la única que competía con él, y con la que no conseguía llegar a un acuerdo. Para colmo, Donna Giovannina tenía los derechos de las obras de Wagner y las había empezado a representar en Bolonia.

Tampoco le caía bien a Verdi. Con motivo del estreno de La Wally, Verdi dijo lo siguiente a un crítico de Génova:

Yo no tengo ningún interés en escuchar la nueva ópera alemana de ese maestrino de Lucca … El público quiere música italiana y no música alemana disfrazada. Se pide algo más que “la música del futuro” … No creo que esa música dure, porque sin corazón ni inspiración, no se puede hacer música viva. Esta gente joven que quieren innovar y recorrer nuevos caminos, me parecen mal aconsejados y tratando de confiar en el futuro pueden acabar perdiendo, incluso, el presente.

Carta a Giuseppe Perosio, crítico para Génova del Corriere Mercantile. Recogida en Luzio, Carteggi Verdiani

La música de la Giovane Scuola y la de Catalani lo era, estaba llena de novedades que Verdi no apreciaba y que, a esas alturas de su vida, ni comprendía ni quería comprender. Sin embargo, Verdi en el plano humano era otra cosa. Siempre apreció el esfuerzo de estos jóvenes compositores, que se esforzaban por el futuro de la música de ópera en Italia.

Con motivo de la muerte de Catalani, Verdi dijo lo siguiente al director Edoardo Mascheroni:

¡Pobre Catalani!¡ Una persona decente y un músico excelente! … Doy gracias a Giulio (Ricordi) por las palabras que ha dicho sobre esta pobre alma! ¡Qué pena!

Recogida en Luzio, Carteggi Verdiani

Desde luego, no se portó muy bien Ricordi con Catalani, cuando finalmente adquirió la Casa Lucca, ya que retrasó el estreno de Loreley y La Wally y , sobre todo, cuando le hizo firmar un contrato inusual para La Wally, por el que no cobraría más de la mitad si no se llegaban a veinte representaciones. En definitiva, que Catalani se había situado en un bando peligroso en un momento en que Ricordi era el gran Señor de la Ópera Italiana.

La Wally: Una mujer poderosa – De la figura histórica a la escena operística

Existió una vez hace tiempo … una chica joven, de unos 17 años, allá en los Alpes tiroleses, que era más valiente que todos los jóvenes de su pueblo en las montañas, donde muchos de sus habitantes poseían rebaños de ovejas. De vez en cuando aparecía en el cielo algún águila que era vista con gran preocupación por todos, porque era capaz de atrapar un cordero y llevárselo entre sus garras. La única solución era encontrar el nido del águila y quitarle los huevos.

Trepar por los riscos en busca del nido y atreverse a coger los huevos, teniéndose que enfrentar, probablemente, con las majestuosas rapaces, era, sin duda, una aventura peligrosa, tanto que en aquella ocasión ninguno se atrevía nadie porque el año anterior una situación similar había acabado en tragedia. Pero aquella chica valiente, de tan sólo 17 años, sí que estaba dispuesta a hacerlo. Se puso los pantalones de su hermano, rezó una oración y comenzó a trepar hasta el nido. Al llegar allí, se encontró con un aguilucho que estaba picoteando un cordero que habían cazado sus padres. El aguilucho la intentó atacar, pero ella supo defenderse y calmó al animal, acariciándolo y besándolo. Lo metió cuidadosamente en su morral y se lo llevó al pueblo, a su casa.

Captura del “buitre” – Anna Stainer-Knittel

Esto que parece un relato de ficción, sucedió realmente. La chica se llamaba Anna Stainer-Knittel, y había nacido en 1841 en Elbigenalp, en el valle de Lech, en el Tirol. Ella demostró su coraje y su independencia en esa y en otras muchas ocasiones. Así, a la edad de 18 años, dejó su pueblo de las montañas y se fue a Munich porque quería estudiar pintura. El problema es que la Academia de Bellas Artes muniquesa no admitía alumnos que no fuesen hombres. Recibió algunas clases particulares, con el apoyo de un litógrafo, que apreció sus dotes naturales para la pintura y luego empezó a ganarse la vida en Innsbruck, pintando retratos. Se casó, en contra de la voluntad de su padre y tuvo tres hijos, pero siguió pintando. En 1873 abrió una academia de pintura para mujeres, que mantuvo abierta hasta su muerte, en 1915.

Anna Stainer-Knittel Autorretrato

En 1870, estando de vacaciones en el Tirol, Wilhelmine von Hillern descubrió, en una tienda de arte, el cuadro de Anna Stainer-Knittel, que ella pintó representando el momento en que capturaba el aguilucho. Wihelmine se interesó mucho en la historia, consiguió encontrar a Anna Stainer-Knittel y que le contase la historia de la captura del águila, aunque, al parecer, se denominaba genéricamente a estos animales como Buitres (Geier, en alemán).

De esta forma nació, en 1873, la novela Die Geier – Wally. Wihelmine llamó Walburga, abreviadamente Wally, a Anna y reflejó, exagerándolo, su conflicto con la autoridad paterna, creando una especie de relato feminista. La novela gozó enseguida de mucha popularidad, se tradujo a otros idiomas y la misma autora la convirtió en una obra de teatro, que fue representada en muchas ciudades alemanas a partir de 1881.

El periódico milanés La Perseveranza publicó, por entregas, la novela de Wihelmine von Hillern. Alfredo Catalani la leyó y le pareció muy interesante para una ópera. Intentó que su amigo Boito le escribiese un libretto, pero, de nuevo estaba demasiado ocupado. Sin embargo, le recomendó a un joven periodista y autor dramático, Luigi Illica, que nunca había hecho un libretto de ópera, aunque se convertirá, junto a Giacosa, en la pareja de libretistas más famosa de toda esta época.

Una vez que Ricordi aceptó que se estrenase la ópera en La Scala, el siguiente paso fue convencer a Wihelmine de que les cediese los derechos o les autorizase a usar el argumento sacado de su novela, asunto complicado, máxime porque habían decidido cambiar el final, que en la novela es feliz. Dijo Catalani que fue un asunto complicado, porque negociar con Wihelmine era “mas difícil que con un buen abogado”. Pero acabó bien, incluso la propia Wihelmine haría la traducción al alemán para la versión que Mahler estrenó en Hamburgo.

Después de las negociaciones con Wihelmine von Hillern, Catalani y el director de escena/escenógrafo, Adolf Hohenstein, se dirigieron al valle de Ötz, donde la novela está ambientada, para ver los paisajes, la gente, sus tradiciones y sus ropas.

Catalani, como puede apreciarse, hizo todos los esfuerzos para que todos los detalles estuviesen bien atados y tuviesen una apariencia creible. En este aspecto, también, Catalani se anticipaba a lo que veremos más tarde en Puccini u otros de los autores de la Giovane Scuola.

Ainhoa Arteta es La Wally

ENLACES:

LR de YouTube

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .